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Poemas de la cuarentena

José Muchnik

Aquí estamos, en la realidad PC (Post Corona). Me asombro que, de un momento a otro, podamos habitar otra dimensión espaciotiempo. Primera vez que vivo semejante experiencia. El día es espléndido, el aire transparente, el cerezo en flor. Pero todo está raro, flota un ambiente de fin del mundo, una sensación de angustia se va derramando. Con algunos años a cuesta y asmático, estoy entre los blancos preferidos del virus. Desde el primer día de confinamiento comencé estos poemas de la cuarentena. En principio, estaban dirigidos a amistades de la ACAF (Asamblea de Ciudadanos Argentinos en Francia). Luego fui ampliando los envíos. Si algo puede hacer el poeta es dejar un testimonio de su época. Cada día doy cuenta de “algo” que me impactó, y busco algún poema relacionado a ese “algo”. Espero llegar hasta el fin de la cuarentena.

Semana 1

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Semana 2

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Semana 3

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Vivir en cuarentena

Cristina Campagna

Es un desafío, saber estar dentro de nosotros mismos,

Es un desafío, la convivencia “forzada” con nuestros próximos

Es un desafío, en un entorno epocal donde se promueve la evasión con múltiples entornos

Es un desafío, pues se ha negado por ejemplo nuestro límite supremo: no somos inmortales

Es un desafío, acallar los ruidos internos y externos para poder aceptar-nos

Es un desafío, porque se acabaron las excusas, ahora tenemos Tiempo…

Es un desafío, ya que el Otro nos reclama,

Es un desafío, es una oportunidad única y preciosa para transformar ese modo de vida que nos oprime sin que nos demos cuenta

Es un desafío, nos olvidar que la Patria demanda los valores que nos enseñaron nuestros mayores que nos miran desde el otro lado…

Por ello, recordar que nadie se cuida en una comunidad que no se cuida

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Corona Virus

José Muchnik

El virus ya llegó carnaval de la muerte
El virus ya llegó sin pasaporte clandestino
Llega a pié llega en tren, matando por los caminos
¡Corona ! ¡Corona virus ! ¡También llega en bus!
Sin papeles sin visa ¿Quién vio su color?
Es rojo es negro, es amarillo y blanco
¡Hay que pararlos hay que expulsarlos!

Donald despiértate, están llegando millones
Hay que remontar el odio ajustar los bulones
Elevar murallas con dólares y hormigones

Brexit virus exit, brexit virus exit
¡Hay que pararlos hay que expulsarlos!
¡Chuky chuky chuky chuk!

No se asuste mi amigo no se asuste
Rey Momo con su murga al virus purga

El virus eres tú, el virus son ustedes
Ustedes que encierran las nubes en jaulas
Ustedes que arrancan a los sueños su savia
Ustedes que confunden felicidad con plata

Donald despiértate, están llegando millones
Hay que remontar el odio ajustar los bulones
Elevar murallas con dólares y hormigones

Brexit virus exit, brexit virus exit
¡Hay que pararlos hay que expulsarlos!
¡Chuky chuky chuky chuk!

Corona cerveza mexicana
Corona crown of the queen
Corona de la reina corona
Corona cocó, corona queen

El virus ya llegó me encierro en el galpón
Cierro las ventanas me pongo el calzón
Morfo papa fritas con un Mac Do

No se asuste mi amigo no se asuste
Rey Momo con su murga al virus purga

Brexit virus exit, brexit virus exit
¡Hay que pararlos hay que expulsarlos!
¡Chuky chuky chuky chuk!

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150 X 0 = 0

José Muchnik

< Frente al dilema pasado o futuro, nosotros apostamos al futuro >, así concluye la declaración del 26 de julio 2019, de 150 personalidades (intelectuales, artistas, científicos…) que llaman a votar la fórmula  Mauricio Macri-Miguel Ángel Pichetto en las próximas elecciones nacionales de la República Argentina, el 27 de octubre 2019. Releo la declaración, corroboro los firmantes, interrogo ¿Cómo es posible que personalidades destacadas, con trayectorias como las vuestras se expresen con lenguaje de marketing político? Ustedes saben, distinguidos 150, que se trata de un falso dilema. Ustedes saben que las venas del pasado irrigan el presente. Ustedes saben que somos el resultado de una historia de sucesos, felices o infelices, que fueron modelando nuestras identidades, individuales y colectivas. Ustedes saben que es la comprensión de nuestro pasado, como nación y como humanidad, que nos permitirá discernir los futuros posibles. Coincidirán conmigo en que no es necesario que cite a Aristóteles, Marcel Proust o Fernand Braudel, para justificar que vuestro dilema es conceptualmente falso. Voltaire decía “Todos los acontecimientos son producidos los unos por los otros, si el pasado da a luz el presente, el presente da a luz el futuro” (Diccionario filosófico). No se trata de oponer el pasado al futuro, no se trata de apostar (vuestro verbo martingala) a uno o al otro. Se trata de comprender nuestro pasado, comprender en el sentido original de esta acción, de cum (con / juntos) – prehendere (captar / entender). Comprender juntos nuestra historia, comprenderla como sociedad, podríamos así evitar azarosas apuestas. Nuestro pasado son los pueblos originarios y la conquista colonial, nuestro pasado es la revolución de mayo, la gesta de la independencia, el espíritu sanmartiniano, nuestro pasado son las invasiones inglesas y la resistencia popular, es la guerra civil entre unitarios y federales, es la semana trágica, es la revolución nacional y popular del 17 de octubre, nuestro pasado es la dictadura militar y los 30.000 desaparecidos, la sumisión a los dictados del FMI y el corralito…

Oponer el pasado al futuro no sólo es falso, también es peligroso. Ustedes saben, estimados 150, que la negación del pasado, condujo a capítulos sombríos en la historia de la humanidad. No es necesario que rememore el ensayo de Jorge Luis Borges, “La muralla y los libros”. Ustedes lo conocen, ustedes saben que no se trata de una ficción, el emperador Shih Huang Ti existió, ordenó quemar todos los libros anteriores a él pues condenaba el pasado, quiso abolirlo. Las quemas de libros, la destrucción de estatuas y monumentos, son simbólicas de todos aquellos que oponen pasado y futuro, destruir el conocimiento y las ideas del pasado parece normal para los fundadores de “nuevas épocas”. Así sucedió cuando en Texcoco México, en el año 1530, los colonizadores hicieron una hoguera con los escritos e ídolos aztecas, repitieron la hazaña en 1562, en el Auto de fe de Maní, destruyendo ídolos y códices mayas. Así sucedió cuando en 1933, los nazis ordenan la quema de libros opuestos al “Tercer Reich”, el “Tercer Reino” que debía inaugurar una nueva era de 1.000 años en la humanidad. Así sucedió en el año 2001, cuando los talibanes que gobernaban Afghanistán, también decidieron abolir el pasado y dinamitaron los budas de Bamiyan que databan del siglo VI. En la República Argentina también tuvimos nuestros demoledores de estatua, entre otras las de Eva Perón a lo largo y ancho del país por orden de la Revolución “Libertadora”, que también pretendió abolir el pasado. También tuvimos nuestras “quemas de libros”, el 30 de agosto de 1980, en un terreno baldío de Sarandí, se quemaron un millón y medio publicados por el Centro Editor de América Latina.

¿Y si hablamos del futuro? Ustedes, estimados 150, manifiestan “apostamos al futuro”, como si el futuro estuviera predeterminado y les perteneciera. Vuelvo a leer la declaración para tratar de entender a qué futuro hacéis referencia, nuevamente encuentro lenguaje de marketing político, sobre el respeto del Poder Ejecutivo al accionar independiente de la justicia, sobre la gestión transparente de los medios públicos, sobre “la corrupción durante los años anteriores” y el renacimiento de la honestidad a partir del 2015. Si así lo creéis es vuestro derecho, yo estimo que se trata de falsedades. Pero lo que me causa mayor tristeza, por tratarse de intelectuales y artistas prestigiosos, es el vació conceptual de vuestra declaración.¿A qué futuro pretendéis conducirnos? Afirmáis que “se sentaron las bases para el desarrollo al que todos aspiramos” (en referencia al período 2015-2019). Ustedes saben que se trata de una generalidad, que la palabra “desarrollo” se ha usado y manipulado a voluntad, deben entonces especificar ¿Qué entienden por desarrollo? ¿A qué desarrollo se refieren? Porque “un desarrollo verdadero [no pasa sólo por] rutas, autopistas, puertos, aeropuertos, trenes, energía, redes de agua potable, de cloacas…”

Ustedes saben, estimados 150, que con el tercer milenio llegaron desafíos cualitativamente diferentes, que el capitalismo financiero ha incrementado como nunca las desigualdades sociales. Ustedes saben que el “libre mercado” quedó reducido a una expresión retórica, ya no tiene nada de libre, depende de monopolios financieros, de relaciones entre estados poderosos, de regulaciones institucionales. Ustedes saben que la revolución digital fragiliza aún más las situación de los trabajadores con deslocalizaciones industriales, trabajos temporarios, incremento de empleos basura… acentuando su condición de mano de obra barata descartable. Ustedes saben que la crisis social crea un caldo de cultivo favorable para la emergencia de nuevos autoritarismos políticos, de extremismos religiosos, redes mafiosas… Ustedes saben que la “globalización” esconde su reverso, el mundo se halla cada vez más fragmentado, recorrido por guerras locales generalizadas. Ustedes saben que el desafío medioambiental es una cuestión esencial, que debemos cambiar nuestra manera de producir y de consumir. Ustedes saben, estimados 150, que, hoy en día, hablar genéricamente de desarrollo, no significa nada, peor aún significa insensatez. No sólo oponéis el pasado al futuro sino que omitís hablar del presente, pues el presente muestra al rey desnudo, el candidato que apoyáis sin falsos discursos que lo cubran, el presente contiene signos inequívocos del futuro al que pretendéis apostar. Permítanme una licencia poética “Aquí y ahora: calles, fábricas, escuelas, hospitales, laboratorios, cárceles, prostíbulos, ministerios, islas de la tentación, campeonatos de todo tipo… Infinitos mundos de todas edades, de todos los números, de todas densidades: una mano sola, dos nostalgias secas, siete espadas colgadas… Truco, retruco, juegos no se tocan… ¡Noooo va maaaaaas!. Y sin embargo sigue yendo, continúan llantos, el niño en su patio, la anciana en su geriátrico, la prostituta en su cuarto… Infinitos mundos paralelos burbujeando” (extraído de “Crítica poética de la razón matemática, JM. 2015)

Podríamos concebir un desarrollo humano, un desarrollo en el que la economía esté al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía, un desarrollo inclusivo, socialmente justo, al servicio de la realización de los individuos y de la sociedad, un desarrollo para que la gente viva en armonía, entre ellos y con la naturaleza. En este mundo fragmentado no hay modelo para copiar, debemos construir nuestro “modelo de país” El dilema es, cómo a partir de nuestro pasado, de nuestra experiencia, de nuestras riquezas naturales y culturales, de nuestras diversidades regionales… construimos un futuro común. No un país primera potencia, sí un país para todos los argentinos que sea ejemplo de humanidad. Para ello, para pensar el modelo de país que queremos, para trabajar por el mismo, necesitamos recomponer la Unidad Nacional “Los hermanos sean unidos esa es la ley primera”, Martín Fierro es pasado y es presente. Ustedes, estimados 150, no mencionan la Unidad Nacional, ustedes saben que vuestra declaración, al dividir falsamente entre los que apuestan al pasado y los que apuestan al futuro, agranda la grieta… la maldita grieta que se instaló en nuestra sociedad, grieta que nos impide pensar juntos en el país que queremos. Sin unidad nacional, forzosamente popular, no habrá futuro para todos, sólo presente mezquino para una minoría.

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La inflación es una pesadilla eterna

Hugo Chumbita

No hace falta explicar a nadie las calamidades que apareja la inflación, un fenómeno que perturba cualquier actividad productiva y nuestra vida cotidiana, licuando el poder adquisitivo de la moneda, acarreando un persistente malestar y un infinito derroche de energías sociales. ¿Por qué este flagelo constante para los argentinos?

Los lectores podrán percibir que soy historiador, no economista, y tal vez me agradecerán que trate de traducir y simplificar la terminología de los especialistas para llegar a cierta interpretación de los problemas que vivimos. Observemos ante todo que la inflación es un problema de precios, o sea de dinero, que está hoy estrechamente ligado al valor del dólar, como un símbolo de la dependencia económica del país. Pasando por alto la compleja historia anterior de inflaciones y deflaciones en la Argentina, veamos cómo esto empezó a convertirse en un dolor de cabeza recurrente.

En la década del primer peronismo, según las técnicas usuales para medir la inflación, fue del 206 %; por lo tanto, lo que en 1946 costaba 100 pesos aumentó a unos 300 pesos en 1955, mientras el dólar, que cotizaba a 4 pesos, pasó a costar algo más de 30 pesos. A lo largo de las dos décadas siguientes, el índice inflacionario y el dólar, siguieron en ascenso continuo, con agudos saltos y vaivenes que sería engorroso detallar. Hasta la dictadura del Proceso, que en siete años y medio sumó una inflación de casi 2.000 %; la cual fue heredada por el gobierno de Alfonsín, durante el cual se aceleró en números redondos a un 4.800 %. En estas etapas, las redenominaciones de la moneda nacional tornan confuso seguir la evolución del dólar, cuya unidad en 1989 equivalía a unos 500 pesos de entonces.

El caso es que con los saltos hiperinflacionarios, en el período menemista la inflación llegó al 2.400 %, aunque en 1991 se logró frenarla con la convertibilidad (1 dólar=1 peso); de tal manera que, hasta en el bienio de De la Rúa, el índice se redujo a cero. Claro que, tras el colapso del 2001 y la salida de la convertibilidad, la inflación –y la suba del dólar− se reanudó lenta e inexorablemente. En doce años de los Kirchner tuvimos 281 % de inflación, y en lo que va del gobierno de Macri ya está superando el 200 %, con el dólar trepando a las nubes.

¿Quién tiene la culpa? El gobierno, dice el sentido común. Retrospectivamente, el elenco del gorilismo culpa a Perón. La ortodoxia monetaria atribuye la inflación a la emisión de billetes. Los economistas neoliberales ven las causas en la lucha de los sindicatos, la voracidad impositiva o el déficit fiscal. Otros economistas señalan la puja por las rentas o los ingresos entre diversos actores sociales. Los empresarios le echan la culpa al Estado, los partidos de izquierda a la especulación capitalista, mucha gente se lo reprocha a los comerciantes, la derecha lo achaca al populismo, y en particular los voceros macristas se disculpan endilgándola a la política de los últimos 70 u 80 años. Casi todos ellos tienen alguna cuota de razón, sin agotar la explicación del enigma.

En efecto, la problemática inflacionaria y su actual conexión con el dólar se remontan a la década de 1940 y al desarrollo industrial del peronismo. Sin duda el crecimiento de la industria produce trabajo, plena ocupación, mejores salarios y bienestar social, pero también hay que advertir que, en un país como el nuestro, configuró una “estructura productiva desequilibrada”. Con algunos antecedentes que salteamos, esta noción fue acuñada por el ingeniero Marcelo Diamand, un empresario experimentado que se dedicó a los estudios económicos, a quien tuve el placer de conocer y escuchar. Su planteo no es difícil de comprender y proporciona una buena explicación, entre otros misterios de las economías periféricas, al tema que nos preocupa: nuestra estructura productiva padece un desequilibrio, debido a las distintas velocidades de productividad de dos sectores principales, el agro y la industria. El agro vende alimentos al exterior cobrando divisas (dólares), y en el interior tiende a elevar sus precios al nivel internacional, generalmente más alto; mientras que nuestra industrialización sustitutiva de importaciones −tardía respecto a los países desarrollados y con menor autonomía tecnológica− exporta poco y necesita importar equipos e insumos, de manera que su crecimiento incrementa la demanda de divisas. Cuando la oferta de dólares que ingresan al país resulta insuficiente –por esa u otras causas coyunturales− sobreviene una crisis recesiva, que conduce a la devaluación del peso, y ello aumenta el precio de los artículos que tienen componentes importados, arrastrando a los demás precios internos. Entre otros efectos perversos, con la repetición de esa secuencia la inflación se torna estructural.

El gobierno de Perón manejó estas cuestiones controlando el comercio exterior, principalmente a través del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), que destinaba una parte de los ingresos por las exportaciones agrícolas a financiar la industrialización, y regulando los permisos de importación. No pudo sin embargo evitar, a partir de 1948, ciertos desequilibrios que empujaban el alza del dólar y de los precios internos, aunque la inflación fue más que compensada por aumentos de salarios.

Los problemas se tornaron cíclicos después, con el progresivo desguace de los controles del Estado peronista, en medio de tironeos y recaídas por la presión de los intereses agroexportadores, y por otro lado la penetración de capitales extranjeros en las industrias y servicios. Las devaluaciones del peso para favorecer la exportación desfavorecían a la industria, generaban inflación y motorizaban las demandas sindicales. El dilema es que si el dólar está alto, los exportadores agrarios ganan y tienden a producir más, pero el costo de vida sube, y las empresas industriales se resienten por dificultades para importar; y si el dólar está barato, el agro gana menos y produce menos, a la vez que la industria se resiente por la competencia de manufacturas importadas. Expuesto al juego de los mercados, no hay un punto de equilibrio que evite estos desbalances.

La clave de una política económica eficaz es el control de cambios, es decir la regulación estatal del valor del peso respecto al dólar, administrando con sumo cuidado esta relación y otras variables –como los impuestos, retenciones y reintegros− para atender las necesidades de evolución de cada sector productivo, sin perjudicar el nivel de vida general. La solución más lógica que se ha ensayado son múltiples “tipos de cambio” oficiales, de manera que el Estado compre y venda los dólares que ingresan al país con distinta cotización según su procedencia o su destino. Ello requiere una delicada sintonía fina de los funcionarios del gobierno, estudios apropiados, planificación y consensos sectoriales.

Por eso las políticas económicas liberales y neoliberales, inspiradas por los países dominantes, fracasan en nuestra realidad. No sirve la teoría clásica que se enseña en Harvard y en nuestras universidades empresariales. No sirven las comparaciones con otros países, desarrollados (Estados Unidos, Europa) o subdesarrollados (Chile, Perú), que tienen otra estructura productiva. Los economistas y los empresarios que no entienden el problema del desequilibrio estructural no aciertan a entender lo que ocurre. La “libertad de los mercados” es una utopía contraproducente: los mismos dueños y gerentes de las empresas que deploran las regulaciones también terminan reclamando –“hagan algo”− la intervención del gobierno para salir de las crisis.

Los conocidos “remedios” neoliberales –desestatizar, desregular, ajustar, desindustrializar− condujeron a la recesión, la desnacionalización de empresas, el crecimiento de la deuda pública y la hipertrofia financiera, la desocupación y, como “daños colaterales”, la anomia social, marginalidad y delincuencia. En nuestro país periférico, la fuga de capitales hacia otros mercados, que se alimenta por las ganancias de las empresas extranjeras, la especulación y la desconfianza en el sistema, agrava el “estrangulamiento” o “cuello de botella” de la escasez de divisas, creando un círculo vicioso; y la consiguiente inflación, aunque beneficia a algunos, termina agobiando a todos.

La política del kirchnerismo, con independencia del poder de los grandes grupos económicos, pudo refrenar las tendencias más perversas del sistema y, en un período muy favorable para nuestras exportaciones en los mercados globales, obtener recursos −mediante las “retenciones”, impuestos que se han aplicado desde siempre− para distribuir ingresos y mejorar el nivel de vida popular, estimular el mercado interno y recuperar las posibilidades industriales; pero cuando la reacción del capitalismo norteamericano revirtió aquellas tendencias favorables abatiendo los precios de los productos primarios, la ofensiva interna y externa contra los movimientos populares sudamericanos logró erosionar los avances anteriores y reinstalar, también en Argentina, un gobierno de empresarios sumisos a la estrategia neocolonial.

El macrismo, si bien vaciló al comienzo en aplicar todo el recetario neoliberal, adoptó un dogma ideológico políticamente suicida al desregular tanto la entrada y salida de capitales como los precios y tarifas de productos y servicios esenciales, dejando expuesto el sistema económico a lo peor: las corridas cambiarias hacia el dólar y el desborde inflacionario. Las demás medidas, rediseño regresivo de impuestos, ajustes en seguridad social y un monstruoso endeudamiento, refuerzan la ruta hacia el abismo. No tienen más que excusas y mentiras para disimular la catástrofe, y seguramente van a tener su castigo, pero toda la sociedad está pagando las consecuencias.

Sin embargo, nuestro país ha superado crisis peores, y la “macrisis” es una contundente lección sobre lo que no hay que hacer. Es inevitable que se produzca una rectificación. Las soluciones vendrán, esperemos, de la mano de un gobierno que −retomando la línea histórica del peronismo y la actualización que representó la experiencia kirchnerista−, articule un nuevo orden sobre las ruinas del caos: controlar el comercio exterior, los movimientos de capitales y los servicios públicos e insumos estratégicos, para sofocar el incendio inflacionario y administrar el dólar, como condiciones para recuperar el dinamismo de la economía nacional y realizar el reparto equitativo de sus frutos.